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Cara a Cara

Fotografías de cabecera © Luis Madrigal 

Un artista es siempre una incógnita. También para sí mismo. 

Cara a Cara

Fotografías de cabecera © Luis Madrigal

Un artista es siempre una incógnita. También para sí mismo.

TROO Exposición

TROO

THE RED ONE: ONE

‘Es para mi un honor presentar esta exposición de Óscar F. Vega. En ella, buscando la simplicidad de tan sólo tres colores, el artista propone una inusitada capacidad de expresión personal y de sentimientos. Puedo decir sin ambages que esta exposición, en la que además un conjunto de obras se presentan mediante el innovador concepto de Galerie Noir –iluminadas sobre paredes negras- no dejará a nadie indiferente.’

 

Natalia de Pedroso, curator

 

Exposición

‘Es para mi un honor presentar esta exposición de Óscar F. Vega. En ella, buscando la simplicidad de tan sólo tres colores, el artista propone una inusitada capacidad de expresión personal y de sentimientos. Puedo decir sin ambages que esta exposición, en la que además un conjunto de obras se presentan mediante el innovador concepto de Galerie Noir –iluminadas sobre paredes negras- no dejará a nadie indiferente.’

 

Natalia de Pedroso, curator

 

OLIMPO
Óleo sobre lienzo
100x120
Colección Particular

GRAN OLIMPO
Óleo sobre lienzo
185x195
Estudio

ANEURISMA
Óleo sobre lienzo
185x195
Colección Particular

CRIST@
Óleo sobre tabla
160x120
Colección particular

MONA LISA
Óleo sobre tabla.
77x53
Colección particular

INOCENCIO X
Óleo sobre lienzo
120x100
Colección particular

PAISAJE
Óleo sobre tabla
3 piezas 83x120
Colección particular

PARTES DEL CUERPO
Óleo sobre lienzo
100x120
Colección particular

CARAS
Óleo sobre lienzo
100x120
Colección particular

HEART SAVE
Instalación
150x60x90
Colección Particular

Vídeo

Vídeo

Entrevista. Resumen

Entrevista completa.

Teoría

Teoría

El arte (in) explicado

El arte es una vaca loca y gorda que se rumia a sí misma en una permanente, pero entusiasta, crisis de identidad.

El arte (in) explicado

El arte es una vaca loca y gorda que se rumia a sí misma en una permanente, pero entusiasta, crisis de identidad.

El arte, en su concepción más extensa es, en primer lugar, tan imprescindible como superfluo. El arte es siempre un adjetivo. Puede adoptar cualquier forma alternativa ya que, por definición, no resulta consustancial al objeto o función que le da soporte. El arte “está en otra cosa” pero no la define, únicamente la califica. En términos aristotélicos, es la “forma”; pero la forma superflua, porque el objeto mantiene su identidad con independencia del “calificativo” artístico que se le aplique. Una catedral gótica se sustantiva como templo, pero se adjetiva románica o rococó. Sin embargo, y por la misma razón, el arte es inevitable, porque todos los objetos tienen adjetivo, o no son. Abstraemos los rasgos del adjetivo, en un patrón; en un estilo, el impresionismo, por ejemplo. No existe una catedral sin “estilo” arquitectónico.  

Pero al mismo tiempo, el arte es único: reside en la unicidad de cada objeto. Por eso un “Leonardo” no tiene precio. Pueden existir millones de reproducciones perfectas, indistinguibles, pero sólo sobre una de ellas posó el genio su mano. Hacemos aquí arqueología. ¿Quién o quiénes fueron los primeros que?… parece ser la cuestión. Atribuimos el “mérito” al primero que lo hizo y ensalzamos especialmente el “lenguaje propio” de un artista que se lleva la “gloría». Porque los artistas quieren también ser exploradores.

¿Pero qué exploran? Explorar, en el arte, es una manera de mirar sin querer ver. Detrás del sentido, no hay nada. Más radicalmente, detrás de cualquier cosa no hay nada. Somos algo, no cabe duda, aunque probablemente estamos hechos de nada. La física se piensa hoy en pura paradoja. El caso es que, individual y socialmente, no toleramos la visión directa de la nada. El artista crea fundamentalmente para “tapar”. Pero no del todo. Porque no puede. Porque no se puede. El artista es un fontanero de la estética. Así, la obra, se convierte en una especie de rejilla o velo, repleto de agujeros, balconadas sobre la nada. La nada y la muerte vienen a reposar en un mismo cajón. No es casualidad que el arte ancestral (el de las cavernas) y el antiguo sean iniciáticos y se orquesten desde instancias religiosas (y de poder) como en el Renacimiento. Hoy en día el arte, a Dios gracias, se ha secularizado. Está en todas partes.

El artista tan solo “pinta” velos. Ya sean cuadros, esculturas, edificios, melodías o vídeos. El más bello paisaje plasmado en un lienzo o proyectado en una pantalla, resulta aterrador a escala de lo no simbólico. Si te pudieras introducir en el cuadro, en los pixeles de la imagen, a su escala, verías que está hecho, fundamentalmente, de vacío. Como también una sinfonía se teje sobre el silencio. En palabras de Nietzsche “tenemos arte para no morir de la verdad”; o en las de Picasso: “el arte es una mentira que nos acerca a la verdad”. El explorador teje estos velos e inventa un trenzado. Los más valientes son también los que más miedo tienen. Ven el velo y se afanan por tapar todo nuevamente, de otra manera, con otro nudo. Cualquier artista honrado sabe que su esfuerzo resulta fútil. Pero no puede evitar, obsesivamente, hacerlo. Le va la vida en ello, hasta que le llega la muerte. Por eso el artista está siempre mirando a la muerte. Explora, porque no le vale la conquista (fútil) de otro artista. Esto se confunde con un deseo de inmanencia, de perdurar. No lo creo. El artista, el auténtico creador, consciente de su intención, no busca perdurar, sino vivir. Por esta razón podemos también hablar de arte efímero. Habrá que esperar, como todo el mundo, a la última hora. Hay, eso sí, una cierta recompensa inmediata para el artista en su narcisismo (necesario).

De este oficio tapa-poros, se deriva que el arte, en su última cimentación, resulte irracional. Esta cualidad, como explicaría Platón, hace al arte “un idioma que todos los hombres pueden entender”. El arte se formula con emociones y éstas bullen en la inconsciencia. Decía Degas que un pintor puede hacer grandes cosas cuando no sabe lo que hace. En términos actuales: dejar ir, dejar fluir. Pero la obra no te puede dejar indiferente. Si al entrar en una habitación, una obra no te cautiva, algo no va bien.

 Vemos hoy que arte se asienta y se replica en los distintos medios. El barroco se dice simultáneamente en arquitectura, música, pintura, escultura o literatura. En otra época, probablemente, el discurso artístico –el único posible- imitaba a la realidad. Hasta que alguien se percató que la realidad quizá tampoco sea nada, y se empezaron a tejer las obras cada vez con hilos más toscos, más sinópticos, portadores de menor estructura homogénea, rotos, huérfanos de simetría, de formas, de octavas consonantes o de longitudes de onda lumínica complementarias; menos inteligibles, a fin de cuentas. Hasta la abstracción total, o la simple monocromía plana de Rothko o de Klein. El arte se refugió entonces fuera del objeto portador, en el sentido o en la intención. Acabó saliendo del objeto, hasta el punto de ser, más bien, el medio. El arte es el medio. Hoy más que nunca. El medio lo hace distinguible. Una “caca” de perro sobre la acera es un fastidio. Una caca, soberana, en mitad de una de las espléndidas salas de la Tate Modern, se sublima a la categoría de arte. Arte que no se atribuye al perro que la cagó, sino al humano que logró ubicarla en el museo, como Duchamp con su “Fuente”. También se percibe esto con claridad en la “performance”, cuya cualidad determinante consiste, una vez más, en estar “fuera de lugar”. 

 La historia del Arte, desde esta perspectiva, puede entenderse como la entrega del “testigo”, de unos artistas a otros, en un: “prueba tú a ver si lo logras”, que va eliminado posibilidades, que yerma, que asola tierras fértiles de creatividad y las inutiliza. Iniciada la exploración evocadora de los bisontes y los caballos en las cavernas, deambula durante siglos siempre por el cauce de la representación, hasta vaciarse de tal punto, que se convierte en el medio. Quizá hayamos desnudado totalmente la estrategia del velo y convenga empezar a revestir con ropaje tupido, quizá con una nueva figuración. Veremos.

Desde luego, con todo, hay y ha habido siempre, humor y sorna en el arte. Adorad el urinario porque es un engaño, porque no “tapa” nada. Por eso vuelve a ser superfluo. Creo que en la antigüedad el arte del pueblo tenía el valor subsidiario del objeto que lo albergaba (la pieza de cerámica, la pulsera, la empuñadura de la espada). Y el arte para los poderosos, era ejecutado por “artesanos”. La cualidad y reputación del artista como creador autónomo, es muy moderna y se lo debe al mercado y a la especulación. La modernidad ha logrado que el arte sea tan superfluo como caro. Pero mejor que la obra sea cara, que retribuya bien al explorador, mediante la asignación (por el mercado precisamente) de un valor que se fundamenta sobre todo en su unicidad arqueológica. De hecho, el coleccionista “descuenta” este valor ecónómico-arqueológico. El arte Sirve así, espurio, a la especulación. Es un depósito de “valor”, una inversión que se revaloriza. Existe una industria bien engrasada para ello. Tiene la ventaja ademas, de que muy pocos se atreven a opinar en contra del “mercado”. El arte puede ser un timo, fácilmente. Aunque no siempre. En contra de lo que se suele creer, el talento no es una cualidad intrínseca del artista. Sino atribuida por los demás. Hay que inventar otra palabra para la capacidad artística ignota. Van Gogh no tuvo talento, lo tiene hoy.

Pero la contemporaneidad también nos ha traído un gran regalo. El arte es hoy absolutamente democrático. Los cuadros se cuelgan en casas, no en palacios. Los museos proliferan. Disfrutamos de buenas reproducciones de Van Gogh en la sala de espera del dentista. La música es hoy ubicua. Y la arquitectura exploradora alcanza a bibliotecas y pabellones deportivos, además de a empresas y chalets. Quizá el máximo exponente de democratización sea el «street art». Y el “pret a porter”, ingenio industrial por el que la moda nos ha redimido el saco de arpillera y del negro textil y nos viste ahora a todos los plebeyos con colores y formas propios, antaño, de la estratosfera social. No olvidemos el cine y la televisión, que nos llevan el anfiteatro romano al sillón de casa. Creo que el arte hace de este nuestro mundo un lugar mejor. 

Y después de todo lo dicho, reconozco que no tengo una buena explicación para distinguir entre el mal y el buen arte. Creo que, efectivamente, es lícita esa distinción. Muchas personas coinciden en un mismo juicio crítico, al valorar una obra, aún sin saber muy bien por qué (cuando hablan con honestidad). No pienso que la clave resida en colores, composiciones, simetrías o armonías. Me inclino a pensar que recae más bien sobre la eficacia con la que la obra ejerce su “transparencia” (de la nada) dentro de un contexto cultural concreto y con la honradez y el compromiso del artista en solidificar y transmitir sus emociones. No veo mejor solución que seguir pensando y arriesgando.

Si te pudieras introducir en el cuadro, en los píxeles de la imagen, a su escala, verías que está hecho, fundamentalmente, de vacío.

El artista está siempre mirando a la muerte. Explora, porque no le vale la conquista (fútil) de otro artista.

¿Quién o quiénes fueron los primeros que?… parece ser la cuestión. Atribuimos el “mérito” al primero que lo hizo y ensalzamos especialmente el “lenguaje propio” de un artista.

De este oficio tapa-poros, se deriva que el arte, en su última cimentación, resulte irracional. El arte se formula con emociones y éstas bullen en la inconsciencia.

El arte deambula durante siglos siempre por el cauce de la representación, hasta vaciarse de tal punto, que se convierte en el medio.

El arte es hoy absolutamente democrático. Creo que el arte hace de este nuestro mundo un lugar mejor. 

Si te pudieras introducir en el cuadro, en los píxeles de la imagen, a su escala, verías que está hecho, fundamentalmente, de vacío.

El arte, en su concepción más extensa es, en primer lugar, tan imprescindible como superfluo. El arte es siempre un adjetivo. Puede adoptar cualquier forma alternativa ya que, por definición, no resulta consustancial al objeto o función que le da soporte. El arte “está en otra cosa” pero no la define, únicamente la califica. En términos aristotélicos, es la “forma”; pero la forma superflua, porque el objeto mantiene su identidad con independencia del “calificativo” artístico que se le aplique. Una catedral gótica se sustantiva como templo, pero se adjetiva románica o rococó. Sin embargo, y por la misma razón, el arte es inevitable, porque todos los objetos tienen adjetivo, o no son. Abstraemos los rasgos del adjetivo, en un patrón; en un estilo, el impresionismo, por ejemplo. No existe una catedral sin “estilo” arquitectónico.  

Pero al mismo tiempo, el arte es único: reside en la unicidad de cada objeto. Por eso un “Leonardo” no tiene precio. Pueden existir millones de reproducciones perfectas, indistinguibles, pero sólo sobre una de ellas posó el genio su mano. Hacemos aquí arqueología. ¿Quién o quiénes fueron los primeros que?… parece ser la cuestión. Atribuimos el “mérito” al primero que lo hizo y ensalzamos especialmente el “lenguaje propio” de un artista que se lleva la “gloría». Porque los artistas quieren también ser exploradores.

¿Pero qué exploran? Explorar, en el arte, es una manera de mirar sin querer ver. Detrás del sentido, no hay nada. Más radicalmente, detrás de cualquier cosa no hay nada. Somos algo, no cabe duda, aunque probablemente estamos hechos de nada. La física se piensa hoy en pura paradoja. El caso es que, individual y socialmente, no toleramos la visión directa de la nada. El artista crea fundamentalmente para “tapar”. Pero no del todo. Porque no puede. Porque no se puede. El artista es un fontanero de la estética. Así, la obra, se convierte en una especie de rejilla o velo, repleto de agujeros, balconadas sobre la nada. La nada y la muerte vienen a reposar en un mismo cajón. No es casualidad que el arte ancestral (el de las cavernas) y el antiguo sean iniciáticos y se orquesten desde instancias religiosas (y de poder) como en el Renacimiento. Hoy en día el arte, a Dios gracias, se ha secularizado. Está en todas partes.

El artista tan solo “pinta” velos. Ya sean cuadros, esculturas, edificios, melodías o vídeos. El más bello paisaje plasmado en un lienzo o proyectado en una pantalla, resulta aterrador a escala de lo no simbólico. Si te pudieras introducir en el cuadro, en los pixeles de la imagen, a su escala, verías que está hecho, fundamentalmente, de vacío. Como también una sinfonía se teje sobre el silencio. En palabras de Nietzsche “tenemos arte para no morir de la verdad”; o en las de Picasso: “el arte es una mentira que nos acerca a la verdad”. El explorador teje estos velos e inventa un trenzado. Los más valientes son también los que más miedo tienen. Ven el velo y se afanan por tapar todo nuevamente, de otra manera, con otro nudo. Cualquier artista honrado sabe que su esfuerzo resulta fútil. Pero no puede evitar, obsesivamente, hacerlo. Le va la vida en ello, hasta que le llega la muerte. Por eso el artista está siempre mirando a la muerte. Explora, porque no le vale la conquista (fútil) de otro artista. Esto se confunde con un deseo de inmanencia, de perdurar. No lo creo. El artista, el auténtico creador, consciente de su intención, no busca perdurar, sino vivir. Por esta razón podemos también hablar de arte efímero. Habrá que esperar, como todo el mundo, a la última hora. Hay, eso sí, una cierta recompensa inmediata para el artista en su narcisismo (necesario).

De este oficio tapa-poros, se deriva que el arte, en su última cimentación, resulte irracional. Esta cualidad, como explicaría Platón, hace al arte “un idioma que todos los hombres pueden entender”. El arte se formula con emociones y éstas bullen en la inconsciencia. Decía Degas que un pintor puede hacer grandes cosas cuando no sabe lo que hace. En términos actuales: dejar ir, dejar fluir. Pero la obra no te puede dejar indiferente. Si al entrar en una habitación, una obra no te cautiva, algo no va bien.

 Vemos hoy que arte se asienta y se replica en los distintos medios. El barroco se dice simultáneamente en arquitectura, música, pintura, escultura o literatura. En otra época, probablemente, el discurso artístico –el único posible- imitaba a la realidad. Hasta que alguien se percató que la realidad quizá tampoco sea nada, y se empezaron a tejer las obras cada vez con hilos más toscos, más sinópticos, portadores de menor estructura homogénea, rotos, huérfanos de simetría, de formas, de octavas consonantes o de longitudes de onda lumínica complementarias; menos inteligibles, a fin de cuentas. Hasta la abstracción total, o la simple monocromía plana de Rothko o de Klein. El arte se refugió entonces fuera del objeto portador, en el sentido o en la intención. Acabó saliendo del objeto, hasta el punto de ser, más bien, el medio. El arte es el medio. Hoy más que nunca. El medio lo hace distinguible. Una “caca” de perro sobre la acera es un fastidio. Una caca, soberana, en mitad de una de las espléndidas salas de la Tate Modern, se sublima a la categoría de arte. Arte que no se atribuye al perro que la cagó, sino al humano que logró ubicarla en el museo, como Duchamp con su “Fuente”. También se percibe esto con claridad en la “performance”, cuya cualidad determinante consiste, una vez más, en estar “fuera de lugar”. 

 La historia del Arte, desde esta perspectiva, puede entenderse como la entrega del “testigo”, de unos artistas a otros, en un: “prueba tú a ver si lo logras”, que va eliminado posibilidades, que yerma, que asola tierras fértiles de creatividad y las inutiliza. Iniciada la exploración evocadora de los bisontes y los caballos en las cavernas, deambula durante siglos siempre por el cauce de la representación, hasta vaciarse de tal punto, que se convierte en el medio. Quizá hayamos desnudado totalmente la estrategia del velo y convenga empezar a revestir con ropaje tupido, quizá con una nueva figuración. Veremos.

Desde luego, con todo, hay y ha habido siempre, humor y sorna en el arte. Adorad el urinario porque es un engaño, porque no “tapa” nada. Por eso vuelve a ser superfluo. Creo que en la antigüedad el arte del pueblo tenía el valor subsidiario del objeto que lo albergaba (la pieza de cerámica, la pulsera, la empuñadura de la espada). Y el arte para los poderosos, era ejecutado por “artesanos”. La cualidad y reputación del artista como creador autónomo, es muy moderna y se lo debe al mercado y a la especulación. La modernidad ha logrado que el arte sea tan superfluo como caro. Pero mejor que la obra sea cara, que retribuya bien al explorador, mediante la asignación (por el mercado precisamente) de un valor que se fundamenta sobre todo en su unicidad arqueológica. De hecho, el coleccionista “descuenta” este valor ecónómico-arqueológico. El arte Sirve así, espurio, a la especulación. Es un depósito de “valor”, una inversión que se revaloriza. Existe una industria bien engrasada para ello. Tiene la ventaja ademas, de que muy pocos se atreven a opinar en contra del “mercado”. El arte puede ser un timo, fácilmente. Aunque no siempre. En contra de lo que se suele creer, el talento no es una cualidad intrínseca del artista. Sino atribuida por los demás. Hay que inventar otra palabra para la capacidad artística ignota. Van Gogh no tuvo talento, lo tiene hoy.

Pero la contemporaneidad también nos ha traído un gran regalo. El arte es hoy absolutamente democrático. Los cuadros se cuelgan en casas, no en palacios. Los museos proliferan. Disfrutamos de buenas reproducciones de Van Gogh en la sala de espera del dentista. La música es hoy ubicua. Y la arquitectura exploradora alcanza a bibliotecas y pabellones deportivos, además de a empresas y chalets. Quizá el máximo exponente de democratización sea el «street art». Y el “pret a porter”, ingenio industrial por el que la moda nos ha redimido el saco de arpillera y del negro textil y nos viste ahora a todos los plebeyos con colores y formas propios, antaño, de la estratosfera social. No olvidemos el cine y la televisión, que nos llevan el anfiteatro romano al sillón de casa. Creo que el arte hace de este nuestro mundo un lugar mejor. 

Y después de todo lo dicho, reconozco que no tengo una buena explicación para distinguir entre el mal y el buen arte. Creo que, efectivamente, es lícita esa distinción. Muchas personas coinciden en un mismo juicio crítico, al valorar una obra, aún sin saber muy bien por qué (cuando hablan con honestidad). No pienso que la clave resida en colores, composiciones, simetrías o armonías. Me inclino a pensar que recae más bien sobre la eficacia con la que la obra ejerce su “transparencia” (de la nada) dentro de un contexto cultural concreto y con la honradez y el compromiso del artista en solidificar y transmitir sus emociones. No veo mejor solución que seguir pensando y arriesgando.

El artista está siempre mirando a la muerte. Explora, porque no le vale la conquista (fútil) de otro artista.

Almas Perdidas

Almas Perdidas

¿Cómo se representa el alma? Con humor, no veo otra manera. Adopto estos huesos deslavazados, despistados, ingenuos, apegados todavía a sus costumbres y pertenencias, como representación de las almas que cruzan la laguna Estigia o buscan la tierra prometida. Almas que subyacen a cualquier otra representación de la belleza humana.

 

HUESOS 1
Óleo sobre lienzo
100x120
Colección Particular

HUESOS 2
Óleo sobre papel
50x70
Colección particular

TIERRA PROMETIDA
Óleo sobre tabla
120x240
Colección Particular

ESTADOS DEL SER
Óleo sobre lienzo
185x195
Estudio

BARCA DE CARONTE
Óleo sobre lienzo
110 Diámetro
Colección particular

BAÑO PLACENTERO
Instalación
90x50x40
Estudio

Guernica Rojo

Pintar algo parecido a un Guernica es un atrevimiento, un descaro, si se quiere; una temeridad, cuando menos. Creo que no se puede abordar sin pedir disculpas. Vayan por delante. Pero hay cosas que resultan inevitables, cuando entran en la cabeza. Hay que sacarlas aunque impliquen siete metros y medio de compromiso y riesgo.

Guernica Rojo

Pintar algo parecido a un Guernica es un atrevimiento, un descaro, si se quiere; una temeridad, cuando menos. Creo que no se puede abordar sin pedir disculpas. Vayan por delante. Pero hay cosas que resultan inevitables, cuando entran en la cabeza. Hay que sacarlas aunque impliquen siete metros y medio de compromiso y riesgo.

Fotografía © J. Elechiguerra

Más allá de la universalmente reconocida importancia histórica y artística del Guernica, esta descomunal obra tiene, en mi opinión, el inmenso valor de constituir una especie de “radiografía emocional” de la convulsa época que vivió Picasso, en la que el mundo se desgarraba y desangraba sin remisión.

Es este aspecto “radiológico” lo que me ha motivado a la aventura de pintar un “Guernica”, un Guernica Rojo que persigue esa misma intención de reflejar emocionalmente una época: en este caso, la nuestra. Que, a mis ojos, se erige cada vez más incomprensible, quizá también prolegómeno de acontecimientos que apenas podemos intuir.

Fotografía © J. Elechiguerra

Hace unos días, Luis, el hijo de un amigo pintor, de once años, al ver el cuadro, exclamó: “El Guernica”

Solo un análisis de la estructura formal y semiótica del cuadro nos permite establecer este enlace invisible con el Guernica de Picasso.

Nada es realmente idéntico, ni las formas, ni el color, ni el estilo pictórico, pero inmediatamente identificamos el maridaje intencional y emocional con el Guernica.

Ello proviene de un previo desbroce de estructuras tanto pictóricas como de significado y de emociones, aunque los contenidos de este Guernica Rojo refieran contenidos muy distintos.

Dibujos

Dibujar es divertido. Es más directo y espontáneo. Es un campo de batalla no sangriento.

 

Dibujos

Dibujar es divertido. Es más directo y espontáneo. Es un campo de batalla no sangriento.

 

MARINA
Óleo sobre papel
297 x 420
Colección Particular

PREOLIMPO
Óleo sobre papel
50 x 70
Colección Particular

SILUETAS
Óleo sobre papel
297 x 420
Colección Particular

BLANCA MADRIGAL
Óleo sobre papel
297 x 420
Colección Particular

PEZ 3
Acrílico cristal sobre papel
297 x 420
Estudio

DESNUDO BARRADO
Carboncillo sobre papel
297 x 420
Estudio

DESNUDO CON PALO Y SOMBRA
Carboncillo sobre papel
297 x 420
Estudio

DESNUDO CON PALO SOBRE CUADRADO NEGRO
Carboncillo sobre papel
297 x 420
Estudio

DESNUDO 13
Carboncillo y acrílico sobre papel
297 x 420
Colección Particular

DESNUDO 10
Carboncillo sobre papel
297 x 420
Estudio

DESNUDO 7
Carboncillo y collage sobre papel
297 x 420
Estudio

DESNUDO 5
Carboncillo y collage sobre papel
297 x 420
Estudio

DESNUDO 16
Carboncillo y collage sobre papel
297 x 420
Estudio

MARGARITA 2
Collage y óleo sobre papel
420 x 297
Colección Particular

Oscar Vega

Oscar Vega

Autorretrato © Oscar Vega

Artista polifacético. Filósofo y Psicólogo por la Universidad Complutense (Madrid). Comenzó ayudando a los 16 años en la tienda familiar de cerámica. En sus primeros años de actividad profesional fundó una compañía tecnológica especialidad en gestión de bases de datos.

Cumplidos los 30 años le atrajo fuertemente el mundo de la imagen. Ha producido y dirigido 3 películas, una de ellas de animación, además de cortometrajes y cine experimental, y más de 400 productos para televisión, entre ellos, fundamentalmente, documentales y programas educativos. Fue fundador de un gran grupo de contenidos y servicios audiovisuales cotizado en la Bolsa Española. Es académico de las Academia de Cine y de la Academia de Televisión españolas.

Su pintura eclosiona en la madurez con una gran fuerza expresiva fruto quizá de un impulso contenido y depurado por la vida que, en palabras de Paul E. Davies, es como ‘el genio encerrado que escapa de la lámpara‘ muchos años después.

 

Cine & Tv

Cine & Tv

 

CORTOMETRAJES dirigidos y Producidos:

  • “El Contrato de Murk” (1998)
  • “Hechizo Lunar” (2000)
  • “Concierto a la Mujer Desconocida”  (2002)
  • “Como es posible” (2007)

 

LARGOMETRAJES

  • “Raluy, Una Noche en el Circo” (2000)
  • “Testigos Ocultos”  (Coproductor) (2003)
  • “El Rey” (Coproductor) (2005)
  • “El sexo de los Dinosaurios” (Guión y Dirección)  (2007)
  • “The Cubby House Project”

PRODUCTOS PARA TELEVISIÓN

  • “Tírame de la Lengua”
  • Pinto-Pinto”
  • “Che Cocina”
  • “Hablemos de Negocios”
  • “El Hombre del Salacot”
  • “El juego de los anuncios
  • “México, Corazón Color Tierra”
  • “El Sueño Ambulante”
  • “La Cumbia Villera”
  • “Quiebras SA”
  • “Terapia de Revolución”
  • “Murgas”
  • “Jóvenes de Muchos Años”
  • “Éxodo”
  • “Club de Trueque”
  • “Las Pisadas de los días”
  • “La generación del 98”
  • “Letra@letra”
  • “Matrimonio Latino”
  • “Circus, Una vida en Equilibrio”
  • “Premios Príncipe de Asturias 2006”
  • “Cam&Car”
  • “Más y Más Cerca”
  • “El Greco”

 

TEATRO Y ESPECTÁCULOS:

  • Días de Vino y Rosas
  • “Grease, el musical”
  • “Jean Michel Jarre”
  • “Flamenco”

 

EXPOSICIONES – CULTURAL

  • “Océanos, El último Territorio Salvaje” Exposición Museo Nacional de Ciencias Naturales. Madrid. (2017) (Comisario) Museo de Ciencias Naturales de Barcelona (2018)

 

 

Miedo a la Guerra

Miedo a la Guerra

Todas las guerras han sido horrorosas. Recordar las guerras Púnicas, la Guerra de los Cien Años, la Revolución Francesa o la Guerra de Secesión no nos suscita ya ninguna emoción. Pronto no habrá testigos vivos de la II Guerra Mundial. Olvidar es un riesgo inaceptable. Con la capacidad destructiva actual, no nos lo podemos permitir. Estoy trabajando en la memoria de la I y la II Guerra Mundial.

 

Recuerdos

Recuerdos

Ahora veo con sorpresa los dibujos y pinturas que hacía de niño…

Dibujos de infancia  © Oscar Vega

… y que regalaba a mi madre.

Son, cuando menos, curiosos.

Mi vínculo con el arte moderno quizá provenga de entonces, de aquellas visitas que, en pantalón corto, realizaba a la Galería Juana Mordó. Juana Mordó y mi madre eran buenas amigas y yo me movía por la galería con entera libertad.

 

Retrato de Gloria Arribas 
© Oscar Vega

Gloria Arribas | Juana Mordó | Carola Torres

Recuerdo a Juana como una mujer singular y enigmática pero muy cercana y afectuosa. Nadie sabía muy bien de su origen, la envolvía un cierto misterio. Juana Mordó fue una visionaria. Dinamizó el arte moderno español acogiendo y promocionando a multitud de artistas prometedores y disruptivos, en aquel contexto cultural español de los setenta, muy atrasado respecto a Europa.

 

Mi madre, por su parte, no pudo estudiar a causa de la contienda Civil española. ¡Qué talento frustrado por la idiotez de una guerra! Tenía una inteligencia y sensibilidad innatas, que la hicieron relacionarse con muchos artistas de la época.

Un día estuvo en casa Antonio López. Empezó un cuadro, un paisaje al óleo sobre tabla. Pintó varias horas, pero nunca más volvió para continuar el trabajo. La pintura inacabada se quedó allí y la conservo. En casa siempre la hemos conocido como “el huevo frito”. Esbozaba una línea de horizonte con un gran sol centrado. A pesar de ser prácticamente un apunte, se entrevé la mano del artista.

Pero, hay un cuadro especial en mi vida. En las paredes de casa siempre estuvo colgado una tinta negra sobre papel de Enrique Gran.

Lo llevo dentro y creo que, de forma recurrente, siempre brota de mi mano. 

‘El huevo frito’  © Antonio López

© Enrique Gran

Bernard Lauze  © Oscar Vega

Oscar Vega y sus hijos:
Miguel, Gonzalo y Sofía

Quiero recordar también a Bernard Lauze.

Trabajé para él en mi primera empresa con veintipocos. Fue para mi como un padre. Bernard tiene ya muchos años y ha perdido la memoria, pero fue un magnífico coleccionista. Su entorno estaba siempre rodeado de obras elegidas con gran mimo y una mirada de extraordinaria finura. 

Tuve ocasión de regalarle un retrato con gallo, como corresponde a un buen francés. Me ayudaron mis hijos. Lo recuerdo con mucha nostalgia.

 

Más adelante tuve ocasión de compartir momentos de pintura con el maestro Miguel Ángel Álvarez.  Coetáneo y amigo de Chillida, era un vasco convencido, un hombre esencial que amaba la vida y que renunció a fama y dinero para poder bucear y pasear libre por las playas de  Donosti. Verle pintar era todo un espectáculo. Con qué soltura y precisión se movían aquellos pinceles. También le regalé un retrato. Nos reímos y entró en mi lista de damnificados.

 

Paisaje de Canarias  © Miguel Ángel Álvarez

Estudio de Miguel Ángel  © Oscar Vega

Miguel Ángel Álvarez y Oscar Vega

Dibujos de infancia  © Oscar Vega

… y que regalaba a mi madre.

Son, cuando menos, curiosos.

Mi vínculo con el arte moderno quizá provenga de entonces, de aquellas visitas que, en pantalón corto, realizaba a la Galería Juana Mordó. Juana Mordó y mi madre eran buenas amigas y yo me movía por la galería con entera libertad.

 

Gloria Arribas | Juana Mordó | Carola Torres

Recuerdo a Juana como una mujer singular y enigmática pero muy cercana y afectuosa. Nadie sabía muy bien de su origen, la envolvía un cierto misterio. Juana Mordó fue una visionaria. Dinamizó el arte moderno español acogiendo y promocionando a multitud de artistas prometedores y disruptivos, en aquel contexto cultural español de los setenta, muy atrasado respecto a Europa.

 

Retrato de Gloria Arribas 
© Oscar Vega

Mi madre, por su parte, no pudo estudiar a causa de la contienda Civil española. ¡Qué talento frustrado por la idiotez de una guerra! Tenía una inteligencia y sensibilidad innatas, que la hicieron relacionarse con muchos artistas de la época.

Un día estuvo en casa Antonio López. Empezó un cuadro, un paisaje al óleo sobre tabla. Pintó varias horas, pero nunca más volvió para continuar el trabajo. La pintura inacabada se quedó allí y la conservo. En casa siempre la hemos conocido como “el huevo frito”. Esbozaba una línea de horizonte con un gran sol centrado. A pesar de ser prácticamente un apunte, se entrevé la mano del artista.

Pero, hay un cuadro especial en mi vida. En las paredes de casa siempre estuvo colgado una tinta negra sobre papel de Enrique Gran.

Lo llevo dentro y creo que, de forma recurrente, siempre brota de mi mano. 

‘El huevo frito’  © Antonio López

© Enrique Gran

Quiero recordar también a Bernard Lauze.

Trabajé para él en mi primera empresa con veintipocos. Fue para mi como un padre. Bernard tiene ya muchos años y ha perdido la memoria, pero fue un magnífico coleccionista. Su entorno estaba siempre rodeado de obras elegidas con gran mimo y una mirada de extraordinaria finura. 

Tuve ocasión de regalarle un retrato con gallo, como corresponde a un buen francés. Me ayudaron mis hijos. Lo recuerdo con mucha nostalgia.

 

Bernard Lauze  © Oscar Vega

Oscar Vega y sus hijos:
Miguel, Gonzalo y Sofía

Más adelante tuve ocasión de compartir momentos de pintura con el maestro Miguel Ángel Álvarez.  Coetáneo y amigo de Chillida, era un vasco convencido, un hombre esencial que amaba la vida y que renunció a fama y dinero para poder bucear y pasear libre por las playas de  Donosti. Verle pintar era todo un espectáculo. Con qué soltura y precisión se movían aquellos pinceles. También le regalé un retrato. Nos reímos y entró en mi lista de damnificados.

 

Paisaje de Canarias  © Miguel Ángel Álvarez

Estudio de Miguel Ángel  © Oscar Vega

Miguel Ángel Álvarez y Oscar Vega

© Fotografías de cabeceras (caretas):  Luis Madrigal